Micorrizas en bonsái: el socio que el abono puede apagar
Casi todas las raíces de casi todos los árboles viven asociadas con hongos micorrízicos. Sus hifas exploran un volumen de sustrato cientos de veces mayor que el de las raíces y captan agua, fósforo y micronutrientes para cedérselos al árbol. A cambio, el árbol les paga con azúcares.
En pinos, abetos, quercus y hayas forman un manto blanco visible alrededor de la raíz. Si al trasplantar un pino aparece ese fieltro, se deja sin lavar: es su sistema digestivo. En juníperos, olmos, ficus, arces y casi todos los caducifolios el hongo vive dentro de la raíz y no cambia su aspecto, así que pasa desapercibido.
El mayor enemigo de esta sociedad es el fertilizante mineral en exceso. Con mucho nitrógeno y fósforo solubles, el árbol deja de mandarle azúcares al hongo y la colonia colapsa. El árbol queda con raíces incompletas, dependiente del riego con sal. El cloro constante del agua de la red también afecta a esa vida del sustrato.
Los orgánicos sólidos, en cambio, se descomponen despacio, liberan dosis pequeñas y constantes, y alimentan a los hongos. Por eso van como base.