Cómo funciona una caja de Ward, y el viaje que la hizo famosa
El principio es el mismo que el de tu frasco. El agua que evapora la tierra y la que sueltan las hojas no escapa: sube, se enfría contra el vidrio, se vuelve gota y cae. La planta vive dentro de su propia lluvia.
Ward lo puso a prueba a lo grande. Hasta entonces, mover plantas vivas entre continentes era casi una apuesta perdida: en 1819, un cirujano destinado en Macao calculó que solo una de cada mil sobrevivía al viaje de China a Londres. En 1833 Ward mandó cajas de vidrio selladas con helechos y musgos a Sídney. Llegaron vivas, se replantaron con especies australianas y volvieron.
El termómetro pasó de más de 30 °C en Sídney a −7 °C en el cabo de Hornos, y rozó los 40 °C frente a Río de Janeiro. Ocho meses después, cuando el barco subió por el Támesis, estaba por debajo de 4 °C. En Londres encontraron frondas sanas de un helecho coral australiano, Gleichenia microphylla. En 1842 Ward publicó lo aprendido en On the Growth of Plants in Closely Glazed Cases, con una segunda edición ilustrada en 1852, y a esas cajas se las llamó desde entonces cajas de Ward.
Lo que vino después fue más grande que su inventor. Con ellas, los humanos pasaron a ser el mayor transportador de plantas vasculares del planeta. El árbol del caucho viajó de Sudamérica a Kew y de ahí a la región malaya y a Ceilán; la quina, de Bolivia a Java y a la India. Detrás de esas rutas hay imperios y consecuencias que el libro deja para los historiadores; aquí interesa el principio, que es el de tu frasco.