Cuando la inmersión no toca: el chorro
Para todo lo demás, el chorro: con la maceta en el fregadero, agua vertida sobre la corteza y lejos de las hojas, hasta que salga con fuerza por los agujeros de abajo. Un vivero mexicano lo resume con una frase que se quedó en millones de pantallas: a las orquídeas «les gusta sentir el agua escurrir».
Lo que no se hace con ningún método: regar un poquito cada día, que mantiene húmedo el sustrato sin empaparlo y pudre las raíces de arriba mientras las de abajo pasan sed; y regar con la regadera sobre las hojas, que llena de agua el centro. Tampoco dejar la maceta en el cachepot con un dedo de agua en el fondo, la forma más común de ahogar una orquídea en una sala bonita.
Y cuenta el agua misma. La de la llave de muchas ciudades es dura, y lo que lleva disuelto, abono incluido, se queda en el sustrato y asoma como un cerco blanco en el plástico. Un riego largo de agua clara una vez al mes, dejando correr el doble de lo habitual, arrastra las sales. El agua de lluvia, donde se pueda recoger limpia, es la mejor de todas.
Queda saber con qué frecuencia toca volver a la cubeta.